Habitualmente, cuando salgo del trabajo, suelo volver a casa caminando.
Me pongo mis cascos, y me siento bien, supongo que será porque por delante me esperan cuarenta minutos sin metas ni responsabilidades, no hay aburrimiento, ni expectativas, nada es obligatorio.

Durante gran parte del camino observo mis pensamientos,  siempre estoy pensando, siempre dando vueltas a algo. Eso es algo que no me gusta, pero no me diferencia de ningún ser humano; siempre con la cabeza en otro lugar. Pienso que las personas no hacemos mas que pensar.

Camino enmimismado, pero la  luz roja de un semáforo se refleja en los charcos de la acera y capta mi atención, despierto.  Cambia el color a verde, y luego las luces traseras de los coches se alejan como una serpiente roja moviéndose en el regazo de una noche azul marino. Bajo una luna de invierno oculta tras las nubes, camino como un selenita en paz.

Con el contraste de la noche, los colores son preciosos, me distraje un instante, pero ahora vuelvo en mí, y caigo en la  cuenta otra vez de que vivo en el pensamiento, nunca en el ese mítico ahora del que tanto se habla y nadie ha experimentado

Me cruzo con la gente por la calle, y estoy seguro que cada uno estará pensando en  sus en su mundo, cada uno en su película, tanto pensar…
Hace poco escuché una frase que me gusta mucho, y que cada vez cobra más sentido: ¿Qué hay de malo en el instante presente?

Yo no sé lo que será vivir en el presente (no se si eso se puede saber), pero sí sé lo que es vivir en una burbuja que replica la vida, analiza, escanea y simula la realidad con unas centésimas  de segundo de retraso.

 

¿Es posible salir de la burbuja? Pues mira, sinceramente, creo que sí.

 

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