Recuerdo un día de bonguis, que los tomamos en la casa de Ramón, luego salimos, me hicieron bastante efecto, y eso que solo fueron unos 20 ó 30. Cuando íbamos de camino a los bares yo me reía, me obsesioné con una pregunta que me hacía gracia, ¿qué hay que hacer? Esa pregunta me resultaba absurda, y me hacía gracia eso, no hay que hacer nada, no hay ninguna meta.
Fuimos a mear a un arbol de Menendez Pelayo, y tu me miraste y te empezaste a reir, y me preguntabas sorprendido si estaba circuncidado, y me parecía tan absurdo y sencillo todo. Intentaba explicarte lo que pensaba, intentaba decirte que no lo entiendes, que no hay que hacer nada, pero no ibas a entenderlo, tú no comiste bonguis sólo bebiste alcohol.

Ese día los bonguis me dieron una lección magistral, y aprendí algo que nunca se me olvida, algo bueno y nuevo.

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